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Publicado en el Diario La Nación de Neiva (Huila, Colombia) el 26 de Septiembre de 2010.

En teoría, todos tenemos la facultad de sentir, ver o escuchar a nuestros ángeles. De hecho, el cielo no es un lugar distante, existe en una dimensión alrededor nuestro.  Sin embargo, por diversas razones, la mayoría no advierte e ignora la ayuda angelical. La rigidez mental, la incredulidad, el escepticismo entre otros, no nos permite confiar, nos hacemos menos y dudamos de que seamos merecedores y capaces de sintonizarnos con la guía celestial.

Estas opiniones son ecos de los miedos que nos embargan y no constituyen la verdadera esencia de nuestro ser. Por igual, todos somos creaciones de Dios, aunque a veces nos sintamos menos que otros. Dios desea lo mejor para nosotros y como el Padre amoroso que es, nos envía a sus mensajeros para apoyarnos, orientarnos y protegernos. En el momento en que nos hacemos conscientes de ello, abrimos nuestro corazón y recordamos la belleza y la bondad dentro de todo y todos, nuestra receptividad crece y las experiencias con los ángeles también se reactivan.

Entonces, ¿cómo tener certeza de que el mensaje que recibimos proviene de un ángel, que es realmente un encuentro celestial? Te aseguro que cuentas con la capacidad de poder discernir los verdaderos encuentros angelicales o sus mensajes, de los que se derivan de la imaginación o del ego. Recuerda que cualquier canal (clarividencia, clariaudiencia, clariconocimiento, clarisentimiento o una combinación de ellos)  puede ser usado para recibir la guía divina o angelical.

Para empezar, la experiencia con los ángeles de ninguna manera produce miedo ni ansiedad. No nos deja cansados ni desorientados. Los ángeles no “asustan”. Su presencia es cálida, amorosa y tranquila. De ninguna manera existe temor ni frio. Por ejemplo, la manifestación de la presencia del Arcángel Miguel, produce sensación de calor en la espalda, el pecho o alrededor de todo el cuerpo. Además, la experiencia con un ángel nos deja un aprendizaje o conocimiento. Su mensaje nos invita a mejorar o a que ayudemos a otros, nunca para ir en contra de uno mismo, de sus propios valores o afectar negativamente a los demás.

Los mensajes de los ángeles son claros, específicos, constantes y repetitivos, por lo general tres veces. Contraria a la voz del ego, que cambia de opinión continuamente llenando las personas de miedos e impregnando su vida de confusión. La voz de un ángel es dulce, cariñosa, paciente y positiva, aunque nos esté alertando de un peligro. Nada cruel ni agresiva. La voz del ego suele ser impulsiva, abusiva y hasta acosadora.

El mensaje de los ángeles es motivador e inspirador. El ego desalienta y alarma. Un encuentro celestial produce emoción, alegría y euforia. Los encuentros imaginarios nos dejan con sensación de vacío. El mensaje angelical es natural e inspirador. No existe imposición de ninguna índole, sensación de obligatoriedad ni amenaza o castigo sino hacemos caso. Te recuerdo que existe el libre albedrio y ningún ángel puede decidir por nosotros; nos otorgan suficiente libertad para elegir.

Los verdaderos mensajes celestiales no solo brindan un ”plan”  sino una guía paso a paso para actuar. La ideas entregadas son prácticas, tienen sentido, concuerdan y se ajustan a nuestros intereses y sueños. Un encuentro angelical real produce buenos resultados. Las palabras, sensaciones, emociones o visiones nos abren puertas a nuevos proyectos creativos. Permanecemos con sensación de gozo, llenos de energía. No hay ninguna connotación pesimista.

Los ángeles siempre nos conducen hacia la luz y la paz. Si se siente desasosiego, el mensaje compromete tu libertad, es incoherente, te incita a ir en contra de tu integridad o sencillamente no está en armonía con lo que tu crees, duda de su validez y origen. La guía falsa se origina en la preocupación y es producto de la lucha interior entre el ego y nuestro verdadero Ser.

Finalmente, los mensajes de los ángeles ofrecen bendiciones a todas las personas involucradas. Nadie sale perjudicado cuando es Dios quien interviene.

Martha Muñoz Losada

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