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Publicado en el Diario La Nación de Neiva (Huila, Colombia) el 19 de Mayo de 2013.

Llegó a mi correo personal, ya hace varios días, una reflexión titulada: “¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena?”. Aunque no recuerdo los detalles del texto, lo que si evoco es la sensación que me produjo y la necesidad de indagar más al respecto, que surgió en mi.

Aquellos que me conocen o me vienen leyendo desde hace rato, saben lo que opino respecto a las etiquetas. Así que, para empezar, el mero hecho de rotular como “bueno” o “malo” cualquier evento, ya nos parcializa. ¿O no, que, dos personas que hayan asistido a la misma fiesta pueden considerar que fue muy amena o por el contrario, aburridísima? “Depende de lo que lo hayan bailado a uno”, decía una amiga.

En este recorrido estudiando y trabajando con los ángeles, he aprendido que somos nuestra propia causa. A estas alturas de evolución de la especie humana, resistirnos a entender que cada uno de nosotros es creador de su propia realidad, simplemente no tiene peso. Nada ocurre aleatoriamente, ni por casualidad. Suponer que el azar o la suerte existen, es desconocer la ley de causa y efecto.

¿Pero, qué es entonces la ley de causa y efecto?

La mayoría de nosotros en el colegio estudiamos en física que a toda acción le sigue una reacción. Nuestros actos acarrean consecuencias (no me refiero a castigos, Dios no condena). Sencillamente, lo que das es lo que recibes, lo que siembras es lo que recoges. De manera que hay una relación directamente proporcional entre lo que te ha sucedido y lo que te sucede y obviamente, lo que te seguirá sucediendo.

La ley de causa y efecto no es la venganza del universo, es el reflejo de nuestras acciones. En lugar de victimizarnos y seguir culpando a la economía, la situación del país, el gobierno, el clima, el jefe, la pareja, X o Y excusa, etc., por todo aquello que no está bien con nosotros, cambiemos la actitud y dejemos de ser un efecto transformándonos en nuestra propia causa.

Recuerda que la vida es un engranaje maravilloso y que jamás te sentirás feliz si juegas a la víctima; no asumas ese rol porque es falso. Nunca eres una víctima. Somos libres de cambiar nuestros actos, la forma en que reaccionamos, la manera en que expresamos nuestras emociones, cómo asumimos el cambio y las circunstancias superficialmente “negativas”.

Generamos nuestro propio destino

Íbamos varias personas en un carro y sonó en la radio una canción de una famosa artista que murió recientemente, muy joven y alguien opinó: “qué cosa con esta mujer. Morir tan rápido y con ese futuro que tenía”. A lo que comenté, que simplemente ella no tenía futuro porque no lo labró. Con su vida alocada de drogas y alcohol, ella lo causó y ese fue su resultado.

Todo lo que vivimos hoy, positivo o negativo, ya había sido generado por nosotros mismos y es producto de una acción, de un pensamiento anterior. Cuando estamos bien aceptamos encantados esta premisa pero, si las cosas no están marchando, ahí si cuesta y comenzamos a azotarnos con preguntas.

¿Pero qué fue lo que hice mal? ¿Cuándo? ¿Qué estoy pagando? Bueno, somos una suma de muchos factores, vidas anteriores, nuestros antepasados, toda la información contenida en nuestro ADN, los entornos, etc.  De manera que, mejor que cuestionar es tomar riendas. El ser humano tiende a negar aquello que no comprende, pero ahora ya los sabes.

La variable tiempo

“¿Para qué actuar correctamente y ser amable si siempre me termina yendo como los perros en misa?, me dijo un muchacho en consulta. “Mira, he estado apoyando a un compañero de la universidad con una materia con la que está teniendo dificultades. Todo esta semana me he desplazado hacia su casa en una localidad muy regular. No le cobré nada y en cambio ayer viniendo de regreso en el bus me atracaron”.

A propósito de perros, ¿has escuchado de esos collares anti ladridos (horrorosos, por cierto) que funcionan por impulsos electrónicos y emiten descargas? Imagínate si nosotros usáramos algo similar, que recibiéramos la consecuencia justo después de nuestros actos. A las malas ya habríamos aprendido hace mucho, ¿verdad?.  Afortunadamente nuestro Padre misericordioso que nos creó y nos ama tanto, entre otras cosas, nos hizo dos regalos divinos en nuestro proceso de aprendizaje y evolución: conciencia y libre albedrío. Tenemos libertad para obrar.

No tengo respuesta para todo, pero para darte una pista acerca de lo que me preguntó el muchacho, hay una variable que no he mencionado y es el tiempo. El tiempo es el que nos despista porque no existe un patrón que dicte en qué lapso se dará nuestra “sentencia”, por así llamarle. No sabremos cuándo, cómo o de manos de quién recogeremos lo que sembramos o cuándo nos van a cobrar. Y entre las cosechas puede haber pérdidas. Es posible que tardes en ver los frutos o los recibas de personas diferentes y en cambio, si manifiestes resultados no tan agradables de acciones anteriores en medio, porque todo se paga. No hay quien escape a la ley de causa y efecto.

Cuando perdemos algo o nos roban, de seguro a alguien le habremos quitado algo y puede que no sea necesariamente un objeto. Su nombre, su reputación, su honra, una idea, por qué no, un sueño.

Apoyo angelical

¿Y cuál es el rol de los ángeles en este caso?, podrías estar pensando. Si te sintonizas con su luz y amor, nuestros compañeros celestiales nos ayudan a elevar nuestro nivel de comprensión, a corregir, a hacer conciencia, a perdonar, a amar y a ver a Dios mismo en cada uno de nuestros semejantes. Dos ángeles asociados a este tema son: Manakel, ángel del discernimiento y Lelahel, luz del conocimiento.

El apoyo celestial existe y nos inspira para seguir el mejor camino.

Martha Muñoz Losada

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