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Publicado en el Diario La Nación de Neiva (Huila, Colombia) el 02 de Marzo de 2014.

En el camino que estamos recorriendo, todos tenemos lecciones que superar. Indiscutiblemente, la vida es una escuela con diferentes asignaturas por aprobar. Aprendida una, seguimos con otra. Esto es igual para todos sin excepción. Y aunque el mundo esté lleno de “buenas intenciones”, solemos apartarnos de nuestro propio aprendizaje, metiéndonos en las experiencias de los demás, tratando de solucionarlas desde nuestro obvio y lógico punto de vista.

Vayamos al grano. El tema que hoy abordo es el de la aceptación de las lecciones ajenas. Porque sí, a todos nos ha pasado, que andamos preocupados por alguien y creemos saber la perfecta manera de arreglarle sus “problemas”, desconociendo sus elecciones y lo más importante, olvidando que de todos se encarga Dios y que las vivencias son correspondientes, indispensables e inherentes al crecimiento de cada ser. Además, cada uno de nosotros cuenta con un buen número de ángeles encargados de apoyarnos si se los pedimos. Solos no estamos.

Seguramente, ya estás pensando y ya tienes al menos un nombre en tu cabeza. Ese amigo, ese familiar, ese vecino, compañero de trabajo, acaso tu pareja, que está viviendo esa situación, que tiene ese lío, que posee esa actitud que no quiere cambiar. En lugar de agobiarte, encasillarlo, criticarlo o pretender creer que tú si tienes la solución a sus dificultades, que a tu parecer tú si ves y él no, ¿qué tal si comprendes sin analizar?, ¿qué tal si no juzgas y aceptas su experiencia de vida?

Tus ángeles te pueden ayudar si así lo eliges, para que eleves tu comprensión y aceptes lo que aún en nuestro nivel no podemos entender. No cuestionemos las lecciones ajenas porque nos enredamos. Está fuera de nuestro alcance evitar que le pasen cosas a los demás, lo que si podemos es aprender a aceptarlas. Recuerda también que nada es malo, es cuestión de interpretación. Es el uso que se le da a la vivencia, la forma en que se asume, lo que lo convierte así. 

Si no has juzgado a otros, tampoco tu serás juzgado. Tampoco juegues al sabelotodo. Sabio era Descartes con su célebre frase “Solo sé que nada sé”.  Porque es la verdad, no tenemos ni idea del significado de la vida, ni del mundo en el que habitamos. Es más, le hemos conferido importancia a lo que no la tiene.

Es tal el grado de intromisión en los asuntos ajenos, que lejos de ayudar, lo que hacemos es entorpecer la evolución de la otra persona. Y lo peor, llegamos al punto de exasperarnos y chocarnos, porque no se nos hace caso o porque él o ella no  quieren “ver” lo que nosotros sí, ilusoriamente vemos.

“Es que si dejara de ser tan negativo/a, es que si se quisiera más y se desapegara de tal cosa o persona que no le hace bien, es que si tomara mejores decisiones, es que…”

Ten mucho cuidado: siempre que te moleste algo en el otro, vuelve a ti, porque él o ella te están enseñando algo; es tu espejo. La próxima vez que te ocurra, en el nombre de Dios, rodéate de amor e invoca a tus ángeles para que te despejen mentalmente y pregúntate: con respecto a esto que esta persona me está mostrando, o esta circunstancia que está viviendo, ¿cómo estoy yo?, ¿cómo lo asumo yo? Eso si es importante, tu reacción. Claro, el ego es invasivo y le interesa que mires afuera, que solo aprecies el conflicto del otro. ¿Y los tuyos?

No se trata de endurecernos ni volvernos insensibles es simplemente de comprender. La mejor manera de ayudar a otro es desde el amor. Aprécialo, apóyalo y sobretodo no lo juzgues. Más que palabras o sermones, la gran mayoría de veces, lo mejor es un gesto amoroso, un abrazo sincero y fuerte que le haga saber a la otra persona: “estoy contigo, te acompaño, oro por ti”.

Te aseguro que cuando quieres escudriñar en las lecciones de los demás, tu propio ego es quien más participa en la tarea. No nos escudemos en frases como: “yo tengo más experiencia y no juzgo, solo opino y lo hago por su bien ”. Ya sabes que el ego es mañoso y se las da de buenazo. Tampoco sientas lástima; es una de las emociones de menor vibración y obviamente también es del ámbito del ego.

La lástima equivale a arropar con una manta pesada de neblina la energía del otro. Nada de pobrecito. A nadie le llega una lección porque si, pero no es de tu incumbencia descifrarla. El sentimiento que debes albergar es la compasión, porque ante los ojos de Dios todos somos inocentes.

“Pero es que yo quiero que cambie, es que él/ella no se da cuenta que está mal”. Esta es otra jugada del ego. Recuerda aceptar al otro como es. Si intentas cambiarlo, lo anulas e irrespetas.  Por ejemplo, a veces los padres queremos que los hijos sean como nosotros y hay quienes hasta llegan a sentirse decepcionados si no se da.  Siempre que exista raciocinio, ideas impuestas y creencias, hay ego de por medio y cero amor.

En alguna oportunidad mencioné que los ángeles no intervienen en las lecciones que debemos vivir, ni violan el libre albedrío de nadie. Lo que si hacen es ayudarnos a cambiar nuestra percepción. Una hermosa práctica angelical que puedes hacer para conectarte en silencio con la mente y el corazón de esa persona que quieres apoyar es la siguiente:

Cierra tus ojos. Respira profundo y pausadamente siete veces. Invoca a tus ángeles de la guarda y a los de tu hermano. Pídeles que los envuelva a ambos en un capullo de luz. En el centro de tu pecho (chakra corazón) visualiza tu chispa divina. Siente el amor que ahí se genera. Al mismo tiempo, observa también la misma chispa divina en el pecho de la otra persona y de corazón a corazón, conéctate como si enviaras rayitos de luz desde tu ser, hacia su ser. Pide al Padre y a los ángeles que te ayuden a reconocer y ver la inocencia y esencia en tu hermano. Inmediatamente, reconocerás y aceptarás la tuya.

Observa ahora otro centro de luz, esta vez en tu entrecejo y desde allí envíale más rayitos de amor al entrecejo de la otra persona. Si quieres expresarte, hazlo mentalmente. Pídeles a los ángeles que te ayuden a transformar tu percepción acerca de sus lecciones. Y recuérdale a tu hermano su poder, que es el Poder de Dios mismo. Al recordárselo a él, lo recuerdas tu también. Prácticamente la mayoría lo hemos olvidado.

Termina el ejercicio agradeciendo la mediación de los ángeles en tu proceso de aceptación de la Voluntad de Dios para todos y cada uno de nosotros, sus hijos amados.

Bendiciones de amor y luz.

Martha Muñoz Losada

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