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Publicado en el Diario La Nación de Neiva (Huila, Colombia) el 26 de Febrero de 2012.

Hace muchos años nos mudamos de casa con mi familia pero decidimos hacerle una remodelación antes. El día que nos pasamos a nuestro nuevo hogar, fui abordada por una amable vecina, quien, la semana anterior, ya me había invitado a la suya.  “Ay que envidia”, me dijo; “quedó espectacular tu casa”. A lo que yo respondí: “muchas gracias”, mientras al mismo tiempo  pensaba: “pero si tu casa es preciosa”. Su marido, como leyéndome la mente, dijo: ¡qué cosa! siempre será mejor y más bonita la casa del vecino que la propia.

Estamos acostumbrados a pensar y a decir que es envidia de la buena. ¿Envidia buena?, considero que no existe. La envidia es una sola y ya. No la confundamos con admiración, eso es diferente. Usamos tan erradamente esta palabra que para referirnos a algo excelente, decimos que es envidiable. Ahora, esa otra expresión: “¿envidia?, es mejor despertarla que sentirla”; tampoco es muy saludable. Si despertamos la envidia en otros, es porque de alguna manera también se encuentra en nuestro interior, no la hemos elaborado y por eso la atraemos.

La envidia proviene de la comparación, de sentirse inferior y víctima de las circunstancias. De creer que se ha sido “injustamente” tratado por la vida y de desear lo que no se tiene, pero el otro sí. “No he contado con los mismos recursos (oportunidades)”, “no tengo dones”, “a mí me ha tocado diferente”, no soy tan atractivo/a”, “no nací en cuna de oro”, “llegué tarde a la repartición”, “no soy lo suficientemente bueno/buena”, etc., son algunas de las falsas creencias en nuestra mente. Todo lo anterior en realidad tiene un origen común: la falta de estima, confianza y amor propio. El mejor remedio entonces está en comenzar a valorarse y amarse uno mismo, y en agradecer las bendiciones con las que hoy se cuenta.

Una definición que encontré de la envidia cita: “tristeza o pesar del bien ajeno. Emulación, deseo de algo que no se posee”. Comprende que todo lo bueno ya se te ha dado, viene del Padre, te pertenece y nadie te lo puede arrebatar a no ser que tú lo quieras ceder. Dios es nuestra Fuente ilimitada de bienestar y  nos ama a todos por igual, no hay distinción de ninguna índole, no tiene favoritismos. Todos hemos sido equipados con las mismas virtudes. Así que no codicies las de los demás, mejor encárgate de descubrir y sacar a flote las tuyas. ¿Acaso has olvidado que eres el amado hijo de Dios y que puedes brillar con luz propia? Abre tú también tus alas y con el apoyo celestial, vuela para realizar tus sueños.

En lugar de ambicionar lo que otros tienen o son, acéptate como eres y empieza a actuar como el hombre/mujer que quieres ser. No por imitar, impresionar ni agradar a los demás. Hazlo por ti mismo, por el ser auténtico y merecedor que eres. No ambiciones los bienes ni los sueños ajenos, no vivas la vida de otro porque eso es como vivir prestado. Descubre el propósito de tu existencia, tus reales y verdaderos sueños y vive como tú anhelas.

A veces envidiamos a otras personas e ignoramos completamente sus procesos internos, lo que les ha tocado vivir, desconocemos qué lecciones han elegido sus almas. Mientras tanto, Dios todo el tiempo nos presenta oportunidades para nuestro desarrollo espiritual. La pregunta es: ¿estás aprovechando las tuyas?

Codiciando lo ajeno te pierdes de los obsequios que todo el tiempo Dios tiene para ti. Dios vive en cada uno de nosotros, nadie es más especial que otro. Además, honra a tu hermano. Cuando le deseas lo mejor y lo bendices, el universo  te multiplica y te devuelve más del mismo bien que has pedido para él.

Los ángeles te pueden ayudar a purificar tus pensamientos y a trabajar todo aquello que te haga sentir menos. Pídeles que te apoyen para eliminar de tu mente todas las toxinas que generen envidia, de esta manera abres las puertas para recibir los regalos del cielo que tal vez te estabas perdiendo o demorando su entrega, por estar pendiente del éxito de los demás.

Te recuerdo que el poderoso Arcángel Miguel es quien te puede ayudar a elevar tu autoestima, a sentirte valioso y protegido; el cariñoso Arcángel Chamuel a encontrar el amor y la paz interior, para estar bien contigo mismo  y el dulce Arcángel Jofiel a elevar tus pensamientos llenándolos de luz y amor.

Ámate, conéctate con tu ser e invoca la intervención celestial para reconocer tus cualidades, ser tu mismo y aflorar lo mejor de ti. Te sorprenderás del gran potencial que tienes y que había permanecido oculto por tu deseo de imitar o de poseer lo de alguien más.

Con todo mi corazón te deseo la paz de Dios.

 Martha Muñoz Losada

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