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Publicado en el Diario La Nación de Neiva (Huila, Colombia) el 26 de Abril de 2015.

Expresa un cuento zen: “Hace mucho tiempo un joven muchacho, deseoso de aprender nuevos conocimientos, acudió al viejo maestro con la esperanza de que lo tomase como discípulo. El viejo sabio, tras escuchar las palabras del muchacho, decidió aceptarlo como alumno y enseñarle todos sus conocimientos y le dijo: Muchacho, ven mañana al despuntar el alba y recibirás tu primera enseñanza.

Y así lo hizo el muchacho. En cuanto el sol empezó a asomarse por el horizonte, el joven discípulo se presentó en la casa de su maestro. Ven muchacho, le dijo. Tomemos una taza de té. Puso delante del joven una taza  y empezó a servir el té. Sin embargo, en vez de pararse cuando la taza estaba llena, siguió vertiendo el líquido hasta que la tetera quedó completamente vacía.

El muchacho se quedó sorprendido ante la situación que acaba de ver, pero por respeto a su maestro, no quiso decirle nada. Por hoy, ya hemos acabado, le dijo el maestro. Ya puedes volver a tu casa. Mañana te espero a la misma hora que canta el gallo.

Al día siguiente el joven discípulo se presentó en casa de su maestro con la ilusión de que ese día empezasen las enseñanzas. Sin embargo, el viejo le sentó de nuevo a la mesa y le puso la taza de té delante llenándola hasta que la tetera quedó completamente vacía. Y así pasó un mes.

Un día, el joven alumno reunió fuerzas y se animó a preguntarle al maestro cuándo empezarían las enseñanzas. Muchacho, le dijo el sabio. Hace un mes que empezamos con las lecciones.

¿Cómo es posible?, preguntó el joven. Desde hace un mes lo único que hago es sentarme y ver como se derrama el té de la taza. Al igual que la taza, estás lleno de opiniones y especulaciones. ¿Cómo vas a aprender si no empiezas por vaciar tu taza?, respondió el viejo sabio”.

Así andamos la mayoría. Deseosos de sabiduría, pero llenos de creencias, patrones, hábitos, telarañas mentales que nos cuesta soltar. Se quiere supuestamente aprender pero, eso sí, desde lo seguro y lo conocido. Uno de los primeros obstáculos es que estamos sesgados por información previa que se ha adherido tan firme al punto de considerarla verdadera.

Además, preferimos aferrarnos a eso que creemos saber o que ya damos por sentado por miedo a quedarnos sin piso, a perder por no tener razón, a darnos cuenta de que todo lo que creíamos cierto ya no lo sea, y a que se derrumbe el ego. ¿No sería maravilloso que se cayera finalmente?

Como dice el autor Wayne Dyer: “Lo desconocido es el lugar donde se produce el crecimiento. Sin embargo, a muchos desde preescolar, nos mostraron que al dibujar no podíamos pasar del límite. ¿No será tiempo ya, de salirnos de la raya? ¿Estás dispuesto a ir más allá de los parámetros de lo conocido, de lo que la gran masa considera válido?

Y no importa la edad, cualquier momento es acertado para deshacernos y vaciarnos de pensamientos e ideas. Alguna vez, una señora mayor que estaba en mi consultorio, me dijo: No querida, con los años que ya tengo y a estas alturas de la vida, yo ya no aprendo ni cambio ni quiero mover mis creencias. Yo ya estoy más allá del bien y del mal, que cambien los demás y se den cuenta que están equivocados”. Yo obviamente, respeté su decisión.

Me imagino que, al igual que yo, habrás notado que algunas personas, que aparentemente poseen menos conocimiento, viven felices en la sencillez de la vida. Sin prejuicios ni “deberías”. Viven en un estado de “sólo sé, que nada sé”. ¡Qué bendición!

Pero no sólo es de la mente ni de conocimiento, ¿qué me dices de vaciar tu taza de emociones, conductas y reacciones?, de esas formas con las que has asumido hasta hoy tus lecciones. ¿Existirán en tu taza suciedad y rastros de resentimiento, venganza, odio, tristeza, apatía, preocupación, ira, arrogancia o victimismo por lavar?

Si es tu deseo, pide ayuda a tu ángeles de la guarda en esta tarea:

Ángeles de Dios, me presento hoy con la intención clara de permitir lo nuevo en mi vida. Gracias por ayudarme a limpiar y desocupar mi ser de todo lo que no proviene del Creador. Activen en mi, las semillas divinas de la aceptación, la honestidad, la congruencia, la comprensión y el AMOR real. Amén.

Ese vaciar la taza se equipara también con el hecho de ir hacia adentro, para encontrar esos espacios en donde se ha estado ausente, esas áreas desatendidas o que tal vez uno ha querido llenar con montones de cosas superfluas que simplemente no colman de nada porque carecen de lo único importante, el amor.

Pide ayuda al Universo, a la Fuente, a la Inteligencia Divina, al Origen, a la Conciencia, lo que tu consideres. Yo le llamo Dios.

Lléname de ti Dios del Universo, de tu Amor, de tu Luz y de tu Paz. Vacíame de mi propio ego, de todo aquello que no hace parte de tu creación. Es mi deseo recordar y despertar en ti. Me dejo sorprender. Me abro a recibir, a aceptar y agradecer todo lo que llega. Amén.

Desde esta misma noche puedes instaurar un hábito diario para irte a descansar. Desocupa tu taza, agradeciendo a Dios todo lo vivido sin juzgarlo, simplemente aceptando la sabiduría y las bendiciones implícitas. Invita a tus ángeles de la guarda y haz el ejercicio ya acostado en tu cama.

En el nombre de Dios Padre, desde tu mente llama a tus guías celestiales y pide su protección, compañía y apoyo. Respira profundo y siéntete rodeado de una brillante luz blanca.

Literal visualízate lavando tu taza, agradeciendo lo vivido en el día, lo que hiciste, las tristezas, las alegrías, los disgustos, lo que aprendiste, lo que enseñaste, las personas con las que compartiste, lo que comiste, etc. Tú simplemente permítete ser guiado y deja tu taza limpia y vacía. Dormirás tranquilo y amanecerás renovado; listo para llenar tu taza con las sorpresas y bendiciones del día siguiente.

Son muchas las cosas de las que podemos prescindir para andar más livianos y hacernos la vida más sencilla.

Bendiciones de amor y luz.

Martha Muñoz Losada

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